LOS DUEÑOS
DEL MUNDO
Lo más
intrigante de todo el desastre al que hemos llegado en este mundo moderno, es
que el sistema que nos rige y que hemos permitido que se nos imponga, llámese
como se llame, continúa ahondando sus perniciosas premisas y nefandos valores,
es decir profundizando sus vilezas.
El
pasado siglo, la humanidad padeció dos catastróficas conflagraciones mundiales, en las que perdieron la vida más
de cuarenta millones de personas y quedaron malheridas muchas más; hubo
revoluciones e innumerables guerras regionales y civiles en todos los
continentes; también millones de desplazados y refugiados; además quedaron
arrasadas ciudades enteras, destruidos campos y bosques, contaminadas aguas y
tierras por la superficie de nuestro adolorido planeta; también miseria y
enfermedad dentro de algunas poblaciones.
Esta
manera de gobernar el mundo no funciona. Nuestro
presente siglo no aprendió la lección,
continúa por el mismo sendero de destrucción, con su bandera de crecimiento,
como panacea para la solución de su economía.
Sin
querer pecar de fatal pesimismo, sino simplemente enfrentar objetivamente la
realidad del ahora, aún con esta fantástica tecnología no puede - nuestra
moderna civilización- cobrar conciencia para rectificar el rumbo hacia su
salvación.
Aferradas
las diversas feligresías a sus creencias religiosas, siguen estando tan lejos
de abandonar sus fanatismos, sus fundamentalismos y sus resentimientos, como en
el génesis de sus mitos.
Mitos
que separan, que siembran odio eterno entre los creyentes de las diferentes
ramas del mismo tronco, como sucede con las religiones abrahamicas, que cada
una pregona tener la verdad y ser la heredera del mismo dios.
Judíos,
cristianos, islamistas y protestantes; secularmente han protagonizado
conflictos que han llenado de dolor y sangre los campos de todos los
continentes. Los elegidos se han
confundido en medio de las espadas, las persecuciones y las pestes.
El oro
ha sido el metal por el cual se ha corrompido nuestra decadente civilización,
por el se cometen los más horrendos crímenes y se efectúan indirectamente, los
más frecuentes y deleznables delitos.
El valor
de este diabólico metal, es simbólico más que práctico; si bien todos
reconocemos su brillo, su belleza y gran maleabilidad para elaborar adornos y
joyas, su poder corruptor tiene base en
la religión de Abraham. Hay referencias del oro a todo lo largo de la Biblia:
En el éxodo, reyes, crónicas, salmos, Job, proverbios, Isaías, lamentaciones,
Daniel, Sofonías, Hageo, Zacarías, Mateo, hechos, corintios, Timoteo, Santiago,
Pedro y apocalipsis.
La importancia de este “mágico elemento” (Au), queda patente también en la búsqueda de la
piedra filosofal por la Alquimia, que en su intento por transmutar otros
elemento en oro, dio lugar al nacimiento de la Química. El oro está
estrechamente vinculado con el poder económico y consecuentemente con el
político, sin olvidar su origen religioso.
Su posesión ha generado, desde siempre: avaricia,
envidia, voracidad, ambición y toda clase de vilezas para obtenerlo; ya sea
arrebatándolo, robándolo o extrayéndolo de las entrañas de la tierra, todo a
como dé lugar. Así llegaron los conquistadores europeos a nuestra América, rica
en este precioso metal, oro que ya era
usado en la ornamentación de los jerarcas de este continente.
Esparcida por toda la orbe su infausta demanda, el oro
cobra cada vez mayor relevancia, especialmente es reconocido como moneda de
cambio, en las transacciones comerciales. Así el oro es utilizado para acuñar
monedas con valor intrínseco y posteriormente como amparo de los billetes emitidos por la banca financiera
internacional, que acumula el máximo de reservas posible, en forma de lingotes, con el fin de especular
con la economía mundial.
El dinero emitido en todo el mundo, tiene así en el
patrón oro, su equivalencia, toda mercancía, todo servicio, todo crédito tiene
su valor en ese respaldo metálico.
Lograr su posesión se convierte en obsesión, está en la
mira de todo esfuerzo humano, pueblos enteros en vez de dedicarse a producir
alimentos, se consagran a extraer el maldito metal bíblico, sometiéndose a la
especulación financiera apátrida.
Indígenas y nativos se ven arrastrados por esa ciega
vorágine dorada, miles de gambusinos lo buscan en pepitas en arroyos y en
cuevas, sea en California, Colombia o el Congo; la vocación natural de los
hombres se infecta por esta absurda obsesión áurea.
Minas de diamantes, de coltan, de platino y de otros
elementos son ahora la prioridad de tribus, aldeas y pueblos que, no salen de
su miseria en aras de hacerse de comodidades superfluas, que ahondan su
esclavitud y enriquecen a los de siempre.
El mundo virtual de eterno e irrestricto consumismo
galopa triunfante sobre la ruina de un mundo ignorante, débil y vulnerado hasta
la médula por la propaganda y la incesante publicidad de los señores de la
banca. El trabajo humano, eficiente y real sumador de valor, es lo que debería
respaldar al dinero, pero es despreciado, para ceder increíblemente, su sitio a la
especulación bursátil, con la que juegan los propietarios del mundo.
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