lunes, 15 de septiembre de 2014

LOS DUEÑOS DEL MUNDO

LOS  DUEÑOS  DEL  MUNDO

Lo más intrigante de todo el desastre al que hemos llegado en este mundo moderno, es que el sistema que nos rige y que hemos permitido que se nos imponga, llámese como se llame, continúa ahondando sus perniciosas premisas y nefandos valores, es decir profundizando sus vilezas.

El pasado siglo, la humanidad padeció dos catastróficas conflagraciones  mundiales, en las que perdieron la vida más de cuarenta millones de personas y quedaron malheridas muchas más; hubo revoluciones e innumerables guerras regionales y civiles en todos los continentes; también millones de desplazados y refugiados; además quedaron arrasadas ciudades enteras, destruidos campos y bosques, contaminadas aguas y tierras por la superficie de nuestro adolorido planeta; también miseria y enfermedad dentro de algunas poblaciones.

Esta manera de gobernar el mundo no funciona. Nuestro presente siglo no   aprendió la lección, continúa por el mismo sendero de destrucción, con su bandera de crecimiento, como panacea para la solución de su economía.

Sin querer pecar de fatal pesimismo, sino simplemente enfrentar objetivamente la realidad del ahora, aún con esta fantástica tecnología no puede - nuestra moderna civilización- cobrar conciencia para rectificar el rumbo hacia su salvación.

Aferradas las diversas feligresías a sus creencias religiosas, siguen estando tan lejos de abandonar sus fanatismos, sus fundamentalismos y sus resentimientos, como en el génesis de sus mitos.

Mitos que separan, que siembran odio eterno entre los creyentes de las diferentes ramas del mismo tronco, como sucede con las religiones abrahamicas, que cada una pregona tener la verdad y ser la heredera del mismo dios.

Judíos, cristianos, islamistas y protestantes; secularmente han protagonizado conflictos que han llenado de dolor y sangre los campos de todos los continentes.  Los elegidos se han confundido en medio de las espadas, las persecuciones y las pestes.

El oro ha sido el metal por el cual se ha corrompido nuestra decadente civilización, por el se cometen los más horrendos crímenes y se efectúan indirectamente, los más frecuentes y deleznables delitos.
El valor de este diabólico metal, es simbólico más que práctico; si bien todos reconocemos su brillo, su belleza y gran maleabilidad para elaborar adornos y joyas, su poder corruptor tiene  base en la religión de Abraham. Hay referencias del oro a todo lo largo de la Biblia: En el éxodo, reyes, crónicas, salmos, Job, proverbios, Isaías, lamentaciones, Daniel, Sofonías, Hageo, Zacarías, Mateo, hechos, corintios, Timoteo, Santiago, Pedro y apocalipsis.

La importancia de este “mágico elemento” (Au),  queda patente también en la búsqueda de la piedra filosofal por la Alquimia, que en su intento por transmutar otros elemento en oro, dio lugar al nacimiento de la Química. El oro está estrechamente vinculado con el poder económico y consecuentemente con el político, sin olvidar su origen religioso.

Su posesión ha generado, desde siempre: avaricia, envidia, voracidad, ambición y toda clase de vilezas para obtenerlo; ya sea arrebatándolo, robándolo o extrayéndolo de las entrañas de la tierra, todo a como dé lugar. Así llegaron los conquistadores europeos a nuestra América, rica en este precioso  metal, oro que ya era usado en la ornamentación de los jerarcas de este continente.

Esparcida por toda la orbe su infausta demanda, el oro cobra cada vez mayor relevancia, especialmente es reconocido como moneda de cambio, en las transacciones comerciales. Así el oro es utilizado para acuñar monedas con valor intrínseco y posteriormente como amparo de  los billetes emitidos por la banca financiera internacional, que acumula el máximo de reservas posible,  en forma de lingotes, con el fin de especular con la economía mundial.

El dinero emitido en todo el mundo, tiene así en el patrón oro, su equivalencia, toda mercancía, todo servicio, todo crédito tiene su valor en ese respaldo metálico.

Lograr su posesión se convierte en obsesión, está en la mira de todo esfuerzo humano, pueblos enteros en vez de dedicarse a producir alimentos, se consagran a extraer el maldito metal bíblico, sometiéndose a la especulación financiera apátrida.

Indígenas y nativos se ven arrastrados por esa ciega vorágine dorada, miles de gambusinos lo buscan en pepitas en arroyos y en cuevas, sea en California, Colombia o el Congo; la vocación natural de los hombres se infecta por esta absurda obsesión áurea.

Minas de diamantes, de coltan, de platino y de otros elementos son ahora la prioridad de tribus, aldeas y pueblos que, no salen de su miseria en aras de hacerse de comodidades superfluas, que ahondan su esclavitud y enriquecen a los de siempre.

El mundo virtual de eterno e irrestricto consumismo galopa triunfante sobre la ruina de un mundo ignorante, débil y vulnerado hasta la médula por la propaganda y la incesante publicidad de los señores de la banca. El trabajo humano, eficiente y real sumador de valor, es lo que debería respaldar al dinero, pero es despreciado,  para ceder increíblemente, su sitio a la especulación bursátil, con la que juegan los propietarios del mundo. 

          




No hay comentarios:

Publicar un comentario