viernes, 31 de diciembre de 2010

SOCIEDAD HORIZONTAL

La población del mundo segmentada en todos los continentes, en la gran mayoría de los países, en las ciudades, en los pueblos; dividida en clases, en castas, en partidos, en religiones, en perspectivas, en posibilidades de realización.

La verdadera separación entre los hombres no es mediante las fronteras políticas territoriales, tampoco por sus creencias, aficiones, preferencias sexuales, color de piel, origen étnico o lenguaje; la distinción entre los unos y los otros, se debe básicamente a los niveles jerárquicos que cada clase  ocupa en la pirámide socio-económica que le contiene.
Así la élite de un país desarrollado se identifica más con la élite de los demás países de análoga industrialización y riqueza, las clases medias de cada país tienen mayor identidad con esas mismas clases de otras naciones y para simplificar, las clases  proletarias de la mayor parte de los países del globo, tienen mucho mayor puntos de igualdad entre ellas que, con las altas clases de sus respectivos países.
En  otras  palabras los pobres entienden mejor a los pobres y los ricos a los ricos, aunque pertenezcan a diferentes países o  continentes; ni la pobreza ni la riqueza, vista así, tienen fronteras; podríamos decir que los ricos se entienden entre sí y los pobres se entienden mejor  entre los pobres.
Tanto los campesinos y los obreros pobres de todos los países sufren lo mismo, las mismas vejaciones, discriminación, marginación y explotación o al menos parecido estado de abuso por parte de los propietarios, de los amos o de los altos jerarcas de dichas sociedades. Lo maquiavélico es que estas inmensas mayorías, secularmente exprimidas, están artificialmente separadas por procesos históricos y geográficos, con el objeto de evitar a toda costa su unificación, su comunicación, su asociación; son estas masas anónimas las que llevan sobre sus espaldas el peso de la economía, el fardo del trabajo; por algo se le llama: la clase trabajadora.
 A los poderosos se les nombra como la clase propietaria, son parte de los poderes llamados fácticos, son ellos quienes toman las decisiones nacionales, obedeciendo, desde luego, las directrices marcadas por la voluntad de los gigantescos consorcios trasnacionales, aquellos que trascienden las fronteras.

Las clases altas son de por sí cosmopolitas, conviven en los clubs internacionales, en los casinos de lujo, en los congresos mundiales, en los certámenes de arte de carácter global; las élites manejan el mismo lenguaje, se comunican a través de la misma prensa, acuerdan mediante un idioma común con el fin de incrementar sus privilegios o al menos conservarlos a como de lugar.
Las clases bajas se ven alejadas entre sí por nacionalismos, por límites fronterizos, por lenguas diferentes, por la ignorancia inoculada secularmente por sus autoridades, por las distancias abismales territoriales, oceánicas y cronológicas; circunstancias que las debilitan como clase, aunque padezcan de los mismos males, de las mismas enfermedades, de los mismos abusos, de la misma marginación y de la misma explotación.
Cualquier intento que se haga a favor de unificar la clase trabajadora de los diversos países, es visto como un atentado comunista, contrario a toda sensatez, amenazante para la paz y la armonía entre los pueblos del mundo, etc. Así, mientras las altas clases conviven y se mezclan en los campos de golf, en los resorts, en los cruceros o en las convenciones; a las clases bajas les está prohibido intercambiar sus penas y comunicar sus restricciones, pues simplemente la carencia de recursos económicos, es el impedimento sustancial.
Los pobres tienen además otro estigma que los ata, aún más, a ese destino trágico de su fatalidad, su preocupación fundamental es la sobrevivencia cotidiana, no hay así ni tiempo ni oportunidad de pensar, de instruirse, de reflexionar; la ignorancia hace presa de ellos muy fácilmente, su constante enfoque hacia el sustento cotidiano, les impide ver más allá de lo inmediato, su agotamiento secular les obliga a entregarse al sueño, a la evasión, a través de casi cualquier medio.  
Dos elementos se conjuntan para dar el resultado pasivo que se pretende: La ignorancia y la religión, bomba que estalla en la sumisión, tolerancia y docilidad ciudadana. Ahí reside la fecundidad que abona la demagogia,  los medios como método persuasivo para justificar a los gobiernos autoritarios disfrazados de legalidad.
¿Por qué- el pánico- a que se pongan en contacto los pueblos oprimidos del mundo? ¿Por qué a dividir a los obreros, a los empleados, a los campesinos, a los proletarios en naciones? ¿Por qué poner a combatir en los frentes de batalla a miembros de las clase pobre, soldados contra policías, bandas contra agentes, campesinos contra obreros?  Simple carne de cañón. Cuando los magnates, funcionarios, ejecutivos  mandatarios y congresistas de cuello blanco, se encuentran y se arreglan en antesalas, lobbies, baños sauna y de vapor, bares y restaurantes.
Las clases sociales marginadas no tienen representación política, en los comicios deben apoyar con su voto a un hombre con el que no se identifican y si acaso existe en las opciones uno de su mismo origen, ya está contagiado del ansia del poder, ya aspira a cambiar, a ser un burgués más, oportunidad única que no debe perder, un sueño acariciado durante los duros tiempos de miseria.
Ya lo decía y por algo, el manifiesto comunista de Carlos Marx y Federico Engels: “Proletarios de todo el mundo uníos”
Solo cuando las bases de los pueblos, las auténticas bases que sostienen con su trabajo, con su esfuerzo, con su entrega al deber; se pongan en contacto y acuerden unirse en un solo frente, se podrá derrocar al sistema explotador y el verdadero productor será el usufructuario de la riqueza de las naciones.
Las redes sociales que extienden sus tentáculos alrededor del mundo, deben ser capaces de aglutinar a las clases oprimidas, devaluadas, marginadas y pauperizadas en un solo frente que se oponga a la secular explotación de que ha sido víctima a lo largo de los siglos, como lo atestigua la historia.
Podría ya hablarse de una huelga mundial, un paro internacional global, para hacer un ajuste verdadero en el reparto de la riqueza y el poder, para cambiar las reglas del juego. Suspenderemos toda actividad productiva, detendremos las fábricas, las minas, las fundiciones, las armadoras,  las maquiladoras, los talleres,  las prensas, las construcciones, las obras, los servicios de todo tipo; haremos sentir nuestra fuerza.
Los ricos no podrán comer sus puñados de billetes, ni devorar sus acciones bursátiles,  ni tragarse sus monedas, cheques, pagarés, bonos o certificados; sus refrigeradores no guardarán más de algunos días los lenguados, estofados, chuletas, bistecs, albóndigas y tocinos; después la putrefacción allanará todos los compartimientos; entonces sabrán la fuerza de los pueblos, acostumbrados a privaciones, ayunos y dietas forzosas.
Pedirán clemencia, comprenderán el hambre, el frío y el desamparo; tendrán que hacer fila para llenar su plato, deberán trabajar para ganar el diario sustento, se igualarán al pueblo que unido universalmente será generoso y dará el pan que le fue negado; pero no volverá a ceder el terreno ganado.
El hombre se habrá encontrado a sí mismo.