PODER
DEL CAPITALISMO
Si no fuese
por el interés que busca crecer el capital, no hubiésemos progresado, no habría
habido motivos lo suficientemente poderosos para explorar, investigar,
descubrir e inventar; la curiosidad es hija de la ambición de la ganancia;
darle vuelo a la imaginación para beneficio personal es la chispa que enciende la potencia individual para
mejorar, lograr perfección, optimizar sistemas, tener éxito y triunfar.
Gracias al
capitalismo hemos podido crear maravillas tecnológicas y desarrollar ciencia al
alcance del mundo entero, llegamos a las soluciones más baratas y redituables
de la economía. Jamás había habido una
época en que las concentraciones de capital fueran tan sólidas como en estos
tiempos, los riesgos son mínimos para las grandes acumulaciones financieras, ya
que en los mercados se instalan algoritmos especulativos, que reportan jugosas
ganancias.
Sin la magia
que provoca la ambición por acrecentar los capitales, no habría prosperidad en
ningún terreno, ni aviones ni barcos ni trenes ni camiones ni bicicletas ni
siquiera zapatos, el capitalismo es el motor de la superación del hombre, lo
que hizo de la bestia una persona.
Debido al
capital fue posible realizar las grandes expediciones que descubrieron nuevas
tierras y acercaron continentes, es debido a ese afán ingenioso de obtener
ventajas en las transacciones comerciales, como es que el hombre ha llegado tan
lejos en el espacio sideral.
El arte no
hubiese florecido como lo ha hecho hasta hoy, Hollywood fuese solo una utopía,
las grandes obras maestras jamás se hubiesen concretado; los mecenas son
inversionistas con buen ojo para patrocinar genios en pintura, escultura,
música, danza y literatura; la motivación creativa nace de la renta que esperan
los artistas de sus obras.
Sin el
capital, que no es otro que el dinero ahorrado, guardado con sacrificio y
esmero por los grandes visionarios del mundo; la moda y la cosmetología no
hubiesen alcanzado las alturas que ahora tienen, la medicina se hubiese
estancado en remedios caseros, masajes, tés de yerbabuena y manzanilla serían
nuestra cura.
No habiendo
capital, los avances en la cirugía se
hubiesen quedado en limpiar heridas, sacar balas, coser abiertas, enyesar
fracturas. La cirugía plástica no nos habría descubierto tanta belleza
artificial que se pasea por nuestros clubs, playas, bulevares y restaurantes,
con su restirado cutis y firmes
pechos.
Gracias al
capital vuelan por nuestro cielo, multitud de naves de todo tipo, llevando
carga y turistas a los grandes centros de juego donde los casinos hacen jugosas
ganancias y los comensales dan rienda suelta a sus sueños de grandeza y
fortuna.
Capitales
ávidos de crecer exponencialmente se invierten en drogas para satisfacer la
necesidad de los adictos que se mueven desesperada e ingeniosamente en la
economía para comprarlas; qué decir de los paraísos fiscales, donde van a parar
las ganancias de los capitales desviados de los presupuestos gubernamentales,
ahí son custodiados discrecional y profesionalmente de miradas intrusas.
El lujo en
todas sus expresiones no podría florecer sin la inversión de capital, piedras y
metales preciosos estuviesen encerrados en las entrañas de la tierra, sin que
nadie les pudiese lucir en coronas, diademas, collares, pulseras, aretes y
anillos.
Cantidad de
animales silvestres seguirían correteando entre selvas y bosques continuando
con sus ciclos de vida ancestrales, en vez de adornar con sus fauces y
cornamentas salas, estancias y pasillos de elegantes residencias de los
cazadores de animales extintos, tampoco podrían lucir con alcurnia desbordada,
las damas de sociedad abrigos y bufandas de finas pieles. Sin vocación capitalista maderera los bosques
continuarían invadiendo nuestras urbes, recargando los mantos freáticos y
permitiendo que los manantiales elevaran sus aguas.
Por la
inversión de grandes capitales, se han desarrollado impresionantes armas
capaces de destruir poblaciones enemigas enteras, construir acorazados, submarinos
y portaviones atómicos, que disparan cohetes intercontinentales con múltiples
cabezas nucleares, tanques blindados que se desplazan todo terreno a
velocidades inéditas, cañones de alcances fabulosos.
El capital
tiene efectos de espejismo, haciendo que millones de hombres y mujeres se
ingenien para sacar jugo de sus relaciones, de sus vecinos, familiares,
conocidos y clientes; exprimiendo con su talento hasta la última gota de
interés, para dejar de vivir al día y acumular para el futuro; es como un
anzuelo con la carnada colgada frente a la liebre que por mucho que corra jamás
le dará alcance.
Los
capitales tienen la virtud de financiar las campañas políticas en las
elecciones democráticas y así poder llevar al poder a excelentes operadores
encargados de redituar máximas utilidades, natural y legítimo espíritu del
capitalismo, rasgo distintivo de nuestros tiempos.
La vocación
del gran capital en el libre mercado es absorber a sus competidores más
pequeños, ligarse con los de su talla o ser succionado por los gigantes. En un mundo donde el capital es rey, del que
emana la verdadera autoridad, podríamos inferir en términos coloquiales que “el
que paga manda” y consecuentemente quien carece de capital en este sistema, no
tiene ni voz ni voto.