Mucho se ha
comentado en los medios sobre las declaraciones del hombre más rico de México,
a quien sus seguidores parecen considerarlo como héroe nacional, al que
aplauden todas sus opiniones; quizá olvidan el origen de su demencial fortuna,
que vale la pena ahora recordar su fuente, que no fue otra, que entregarle en
bandeja de plata, una de las empresas más rentables del estado a precio
risible; de ahí en adelante todo fue cosecha de los beneficios monopólicos
resultantes y la consecuente preponderancia en las comunicaciones.
El Ing.
Carlos Slim y el Sr, Donald Trump enfocan el mundo desde el mismo punto de
vista como magnates de los negocios, ambos ven la realidad a través de las
empresas, que como sabemos, su naturaleza es obtener utilidades antes que todo.
¿Qué pueden
saber estos negociantes llenos de sospechas de corrupción, sobre las penurias
que los pueblos sufren? ¿Con qué cara declara Slim que hay que apoyar a “su
presidente” ante las nuevas circunstancias? Presidente pupilo de Salinas, su
socio secreto.
Pero ahí
están todos los comentaristas alabando la postura del archimillonario mexicano
que invoca a la unidad nacional, en torno a las autoridades espurias que se
robaron el patrimonio nacional, que han dejado al país desgarrado ante la
impotente y atónita mirada de una ciudadanía acostumbrada a la resignación como
doctrina.
La suerte
que corrió el país ante la apertura al capital trasnacional inducida por el
capital norteamericano, para apoderarse de las empresas estratégicas e
introducirse en áreas reservadas exclusivamente al estado, fomentando y
facilitando su debacle, a través de la propia corrupción del gobierno
entreguista y traidor de los últimos sexenios, hasta quedarnos secos,
prácticamente en la inopia.
Es hora de
unión de todos los mexicanos al presidente, gritan los voceros oficiales,
cuando bien sabemos que el pueblo mexicano en vez de representantes, tiene una
clase política corrupta y traidora hasta la médula.
Sin ningún
pudor ya empiezan las campañas de siempre, las mismas familias repartiéndose
los restos del país, lo que queda de México; el energúmeno de Nueva York, en
algo tiene razón, al decir que no confía en el poder judicial mexicano, aquí
sabemos de su ineptitud y podredumbre, al permitir la aberrante impunidad, que
caracteriza a los gobernantes mexicanos.
Ni falta
hace mencionar sus nombres, son tantos que hacen falta hojas.
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