EL ENEMIGO
Las
fuerzas armadas de México adquieren pertrechos de guerra como si fueran a
entrar en combate. Helicópteros equipados con
sofisticada tecnología de punta, ya están siendo tripulados por cadetes
y marinos provenientes de comunidades rurales, de rancherías de poblaciones
marginadas y del medio suburbano de las metrópolis, también de aldeas donde sus
familias campesinas, han cultivado ancestralmente café, caña de azúcar, cacao,
chile, maíz y frijol o son hijos de pescadores que salían al mar por el
alimento cotidiano.
Es
curioso ver a estos mexicanos camuflageados en trajes de robocop, con cascos de
la guerra de las galaxias, anteojos fórmula uno, botas de astronauta y detrás
de una ametralladora de última generación, provista de rayo laser y a otros
compatriotas indígenas también, manipulando los controles de los radares
computarizados, capaces de detectar con luces infrarrojas cualquier movimiento
del enemigo. Los antiguos pastorcitos que cuidaban los rebaños de cabras, ahora
como pilotos de las terribles aeronaves.
Un
orgullo para el gobierno en el poder, jactado de los avances tecnológicos
militares para defender la patria ¿de quién? me pregunto.
Tanto el
General Cienfuegos como el Almirante de más alto rango de la Marina, presumen
del moderno equipo, casi propio de ciencia ficción, ante la complaciente
sonrisa de quien dice ser el Presidente de este país.
Para
colmo en los desfiles conmemorativos de la Revolución y la Independencia, pasan
los contingentes militares muy orondos, cargando fusiles extranjeros, ante la atónita mirada del pueblo que aplaude
entusiasta en medio de vivas y hurras al ejército.
Cantidad
de aparatos y artefactos bélicos importados de la potencia del norte: balas,
proyectiles, fusiles de asalto, ametralladoras, lanza torpedos y granadas,
chalecos, pistolas, transportes de tierra y agua, etc. sin olvidar la
capacitación, entrenamiento y asesoría que reciben nuestros aborígenes:
zapotecas, mixtecos, tarascos, otomíes, totonacas y olmecas; para que abran fuego
no contra invasores extraterrestres, africanos, rusos, chinos, europeos,
canadienses o gringos; sino contra sus mismos paisanos, sus coterráneos y hasta
sus parientes: mazatecos, tarahumaras, aztecas, cholutecas, nahuas,
tlaxcaltecas, texcocanos, toltecas y en general mexicanos como nosotros, como
los 43 estudiantes de Ayotzinapa o las víctimas de Tlatlaya o los hermanos
mayas de Centroamérica.
El
negocio se redondea rápida y furiosamente, parece ser que una de las metas de
la estrategia imperialista, es recuperar el dinero erogado por ese primer mundo
para drogarse, ya que es un imperativo de su población, para poder soportar la
tensión de la vorágine consumista, a la que es sometida por el sistema súper
industrializado y enajenante del capitalismo salvaje.
Su punto
de vista es que allá, en el sucio sur mexicano, es fácil enfrentar a las
fuerzas armadas, contra los desocupados reclutados por los carteles, dos
pájaros de un tiro, ambos bandos están integrados por la misma raza que, ávida
de sangre, no tiene otra opción que abrir fuego entre ellos.
Les
enseñamos a disparar, los entrenamos para matar y les damos con qué, les
compramos drogas y les vendemos armas a los dos frentes, negocio redondo.