LAS CAMPAÑAS DESATADAS
Se
venían las elecciones intermedias y el pueblo entero brincaba de entusiasmo por
la tan anhelada etapa democrática, la ciudadanía emocionada al máximo, lápiz y
cuaderno en mano, anotaba el contenido de cada spot de los diferentes partidos
políticos en abierta contienda, eufóricos contrastaban las osadas propuestas y
promesas de los distintos candidatos que, dicho sea de paso, todos eran
excelentes personajes, con trayectorias impresionantes, mentes brillantes y
honestidad intachable.
Había
ciudadanos que se afanaban en grabar y regrabar la propaganda divulgada a
cuentagotas por la radio, otros filmaban con denuedo las escasas entrevistas
televisadas y otros más lograban fotografiar posters y espectaculares con los
slogans de quienes se disputaban su preferencia; para después llegar a casa y
en familia desplegar en mesas y restiradores la información capturada.
Tablas,
cuadros sinópticos, gráficas, estadísticas
y resúmenes se barajaban, se organizaban, comparaban y ponderaban a la luz de la razón
y la experiencia recogida a lo largo de la historia de las elecciones
nacionales, su interés en ellas crecía día con día, sabían que el destino de la
patria, dependía de su decisión, había que seleccionar con cuidado.
En
aquella nación no se hablaba de otra cosa, salvo de los dramas de las
telenovelas y de los resultados del campeonato de futbol; nada era tan
relevante como aquellos comicios que habían absorbido la atención de la
ciudadanía, ahí habían depositado su confianza desde siempre, desde los
orígenes de la república; del resultado de las mismas dependía su felicidad, su
realización, su porvenir.
No
se platicaba de otro tema en cafés y restaurantes, en autobuses y estaciones,
en el metro y en los aeropuertos, en esquinas, calles y banquetas, en los
parques y en los hogares.
La
gente atiborraba los estadios y las avenidas, vitoreando a sus candidatos, los
cargaban en hombros, los arrojaban a las alturas, los besuqueaban, los
estrechaban, les tomaban película, les aplaudían, les pedían autógrafos y
lloraban con ellos de alegría.
Apenas
cobraban su salario los obreros y su sueldo los empleados, cuando de inmediato
corrían a entregarlo a los partidos o a las instituciones electorales, llegaban
también con despensas, bultos de cal, láminas de cartón o hasta con pollos
vivos y rostizados; los gritos de las espontáneas porras, se escuchaban hacer eco en las
montañas, todo alrededor.
A todos se nos contagió aquella locura, lo único que
ensombrecía nuestro espíritu era que sabíamos que las campañas se irían a
terminar el siete de Junio; pero nos quedaba la esperanza y el consuelo que en
el 2018 iría a haber otras y quizá hasta más intensas e interesantes
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