DEMAGOGIA - II
Hablar
contra la Democracia puede parecer hasta una blasfemia irreverente, ya que
todos la defienden a capa y espada, especialmente los políticos de todos los
partidos, los miembros de las instituciones, los comentaristas, los locutores,
los intelectuales, los congresistas, los profesores y los ciudadanos tanto los
ingenuos como los maliciosos; pero metafóricamente hablando es como referirse a
un fantasma inexistente.
Hay
quien habla de la robustez de nuestra democracia, otros dicen que está en
transición, otros que es perfectible, otros que en pañales, otros que es
imperfecta; pero es un sistema que no funciona, nunca ha funcionado ni podrá
funcionar; porque para eso, exige condiciones previas que están fuera del
alcance de la realidad y además parte de una hipótesis falsa.
La
democracia es un sistema de fingimientos que oculta una cruel trampa, que
negocia con las masas populares, que navega con bandera blanca, pero en su seno
guarda la traición más vil.
La
democracia es profundamente engañosa, otorga al pueblo la titularidad de la
soberanía, lo hace alevosamente a sabiendas que no es posible bajo ninguna
circunstancia, pero la elocuencia de los demagogos se encarga de reflejar su
sombra.
Con el
pretexto de una homogeneidad, los demagogos juegan con la desconcertada opinión
pública; la democracia no puede darse en ninguna sociedad y menos en una
subdesarrollada, puesto que de facto existen muy distintos niveles de capacidad
entre los miembros.
Los
humanos hemos venido heredando a lo largo de las épocas, características que
nos fueron útiles para sobrevivir ante las múltiples amenazas que sobre
nosotros se cernían; para superar las adversidades tuvo el hombre que echar
mano de su astucia y desarrollar trampas para vencer a las bestias salvajes
mucho más fuertes y poderosas que las de nuestros ancestros milenarios.
Inventamos
el engaño, nos hicimos diestros en la coartada, usamos las trampas, el
camuflaje, la finta, el disfraz e improvisamos la traición como el más exitoso
de los recursos. Los más audaces y fuertes encabezaban las jerarquías naturales,
obedeciendo una estrategia pragmática que facilitaba la solución de los
conflictos que se iban sucediendo.
Como el
poder del más fuerte se impone, nace el abuso sobre el débil, la protección se
convierte en una herramienta de dominio.
Todos
insisten en que la democracia es el mejor sistema político o al menos el menos
malo, sus beneficios son inmensos dicen, jamás siquiera se pone en duda su
esencia, si acaso su calidad. Pero su inviabilidad práctica es evidente, los
partidos políticos no representan más que a cúpulas que negocian el poder, allá
en las alturas de la corrupción.
Es
indignante y absurdo argumentar que la presidencia o la S.C.J.N. deben poner un
alto al abuso de poder, al tráfico de influencias, al nepotismo, al
influyentísimo, a la compra de votos y voluntades, al diezmo, a las
licitaciones amañadas, a los sobornos, a
los moches, a los cabildeos mercenarios y cualquier otra forma de corrupción
socio-política, cuando desde los más altos niveles escurre y se fomenta el mal.
Quitando
la demagogia que nos asfixia, ahorraríamos el financiamiento a los partidos
políticos, se acabarían las costosísimas campañas con su propaganda y
publicidad engañosa y banal, eliminaríamos los congresos que tanto cuestan al
erario, terminaríamos con los gremios al servicio del aparato gubernamental en
el poder; en fin todo el andamiaje estructural podrido habría que deshacerlo,
puesto que solo representa un gasto inútil, un obstáculo para la verdadera justicia
social que es la prioridad.
¿Cuál es
el sistema político que funcionaría en México y en muchos países emergentes, en
los que la gran mayoría de los ciudadanos viven en la ignorancia y en la
pobreza?
Para
empezar tendríamos como prioridad erradicar las práctica corruptas tan
arraigadas en nuestra práctica habitual y esto sería factible cuando la ética
fuera la base fundamental de la educación y luego que los cargos públicos no
representaran una fuente de enriquecimiento ni puente de privilegios pecuniarios,
sino puestos honoríficos a los que solo accederían talentos con capacidad
profesional, moral y ética para ejercerlos.
La
acumulación de riqueza debiera quedar fuera de toda posibilidad, los
gobernantes cupulares serían los más sabios, honestos, hábiles e íntegros de la
comunidad y no como es hoy.
La
demagogia solo se reduce a la decisión que puede tomar el ciudadano entre
opciones que en el fondo son lo mismo, solo con distintas máscaras y esto lo
hace cada período electoral, entretanto es olvidado y menos preciado, solo
representa la carne de cañón.
Miles de
millones de pesos son tirados a la basura en credenciales, boletas, urnas,
programas de radio y televisión, institutos e instituciones que han demostrado
no servir para nada, el IFE se transforma en INE, el TRIFE y cantidad de
comisiones de transparencia de telecomunicaciones que no funcionan, tal como
muchas fiscalías que solo son otra carga más.
Mientras
México sea el lodazal de corrupción que es, desde la presidencia hasta el
alcalde del pueblo más miserable, no veremos la luz ni la mejora.
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