miércoles, 24 de septiembre de 2014

CAPITAL Y CORRUPCIÓN

CAPITAL  Y  CORRUPCIÓN

La sociedad moderna para funcionar de la sórdida forma en que lo hace, depende del flujo de inversión de los capitales, tanto de los especulativos como de los productivos; los capitales son acumulación de ahorro extraído del hombre, sea de la fuerza laboral, del genio de los científicos, del talento de los técnicos o de la habilidad de los administradores.

Tanto los gobiernos como las empresas requieren de apoyo financiero para operar, por lo que recurren a endeudarse con instituciones bancarias,   primordialmente extranjeras, mismas que obedecen a criterios trasnacionales.    

Campañas políticas que son sufragadas a través de inversiones de capital que obligatoriamente tienen que redituar jugosos beneficios a sus fuentes, con lo que queda en entredicho la cacareada democracia.

Instituciones, gobiernos y particulares buscan, a toda costa, atraer inversiones de los grandes capitales, que se frotan las manos para situarse donde se le ofrezca la mayor rentabilidad: facilidades fiscales, ecológicas, laborales, materiales, servicios y mercados.  Tenemos así un mundo miserable que lucha por la preferencia del depredador más astuto; pero el capitalismo posee una ventaja sin igual, tiende a monopolizarse; en contraste, los trabajadores tienden a la competencia entre sí, por el sustento inmediato.    

Esto pone de manifiesto donde está la verdadera autoridad de la que emanan las políticas, los planes, los lineamientos, las estrategias, las instrucciones y las órdenes que los gobiernos se limitan a cumplir, sin considerar las objeciones de sus pueblos, por los daños ecológicos ni sociales.

Las leyes se amoldan a los deseos del capital para legitimar el abuso y la depredación, toda inversión es bienvenida en aras del “crecimiento y desarrollo de la economía” sin importar los efectos colaterales que en última instancia repercutirán  a largo plazo, cuando hayan extraído hasta la última gota o gramo del recurso económicamente explotable.

Todo está a la venta, la lealtad, la dignidad, la congruencia, el nacionalismo, la honra, el honor; todo tiene precio, todo está en el mercado de valores morales. 

Los partidos políticos abandonan sus principios, canjean privilegios, negocian presupuestos, favores, perdones, candidaturas, pactos, impunidades, auditorías.

Los consorcios interesados en invertir sus capitales en negocios antes no permitidos por la Constitución, cabildean dentro y fuera del Congreso para convencer a legisladores y jueces, a fin que se inclinen a su favor, con jugosos sobornos, y éstos,  alegres lo hacen; desperdiciar una oportunidad de brincar hacia la riqueza personal; es, en este sistema de consumo, una tontería, propia, solo de un necio, dicen. 

Si no hubiera corrupción, en ese hipotético y remoto caso, todo funcionaría bien: la educación, la energía, las telecomunicaciones, la salud, la ecología, la agricultura, la justicia, las leyes y la política.

Pero cuando desde arriba, de los niveles más altos la jerarquía del poder escurre la podredumbre, cuando la autoridad no dimana de un proceso democrático limpio y justo ¿Qué se puede esperar?   

¿Ante quién delatar las violaciones al espíritu de la constitución? ¿Ante quien denunciar la corrupción, los abusos de la autoridad, las injusticias cotidianamente sufridas por los pueblos?

Los gobernantes han dado una y otra vez pruebas de traición, de robo, de fraude, de bajeza, de hipocresía, de cinismo, de vileza, de desprecio a la ciudadanía, de criminalidad, de inconfiabilidad.

No debemos cruzar los brazos y esperar con fe a que se enmienden, a que se den cuenta del mal que, al hacerlo a su patria, también lo hacen a ellos mismos y a sus familias, este defecto lo padecemos todos los pueblos del planeta en una mayor o menor medida.

Cuando los gobiernos no sirven a sus pueblos sino a intereses ajenos, deben ser modificados, alterados y depuestos, de acuerdo al Art. 39 de nuestra Constitución Política.

   



     
      


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