EL ESPÍRITU
DEMOCRÁTICO
Existen
distintas maneras de ver e interpretar la Democracia, así tenemos que hay
consecuentemente, varios conceptos dependientes de la voluntad de quien dice
ejercerla y de quien la padece o la disfruta.
La
Democracia más evocada y referida es la electoral, el maquillaje cosmético que
da una apariencia de legitimidad artificial y que se practica en los sistemas
políticos de casi todos los países con diferentes grados de calidad.
Es la
Democracia de la que hablan los políticos montados en ella, los locutores, los
moderadores, los partidos, los jueces, los abogados, los burócratas, los
intelectuales, los universitarios, los líderes, los empresarios, los
funcionarios y los poderosos, es la electoral.
Reducen
la Democracia a los procesos electoreros, es decir a campañas, propaganda, publicidad, mítines, discursos,
promesas, credenciales, urnas, comicios, mesas, votos, conteo,
compra, acarreados, fraudes, alianzas, cortes, pactos y cabildeo entre otros.
Este
tipo de Democracia nos costará el año venidero: treinta y cinco mil millones de
pesos ($35,000`000,000.00) en números
redondos, lo que equivale a que cada voto de los ciudadanos
empadronados, costará a las arcas públicas, alrededor de $500.00
Dinero
no solo improductivo y tirado por el drenaje, sino una perjudicial ponzoña para
seguir manipulando y engañando al pueblo soberano de México, recursos abonados
al pantano de la corrupción endémica que caracteriza a nuestro país.
Pero hay
otras formas de entender la Democracia desde ángulos conceptuales profundos y
esenciales y no como meramente superficiales.
El
espíritu democrático, tal como el espíritu de las leyes de Montesquieu, no
acepta retoques ni componendas, su nitidez no acepta manchas, parches ni
disimulos.
La
auténtica y pura Democracia cuando se da, no requiere vigilancia, candados,
controles, ni fiscalización; en ella se vive en un ambiente de confianza en
cada miembro de la sociedad; la fidedigna Democracia se ejerce directamente por
sus beneficiarios, los ciudadanos libres y conscientes, quienes son los
depositarios de la soberanía.
No
necesita ni institutos, ni comisiones, ni tribunales; éstos son síntoma de la
desconfianza, de la disputa por el poder; la genuina Democracia prescinde de
partidos, de corrientes cupulares, de bancadas, de cabildeos, además repudia a
zánganos y parásitos que son onerosa carga para el estado.
En una
verdadera Democracia existe el pueblo como protagonista de su destino, y se
respeta como persona individual al obrero, al campesino, al técnico, al
empleado, al operador, al servidor, al indígena, al emprendedor, al
profesional, al maestro, al artista, al estudiante, al desocupado, al anciano,
al trabajador.
Nadie
hay por encima del pueblo, nadie lo representa sino él mismo, habla por su
propia boca, este concepto la Democracia
es un estilo de convivir, de ser.
Lo demás
es pura Demagogia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario