ANARQNHILISMO
En
efecto, siempre me sentí diferente a los demás, veía como los otros aceptaban
sin remilgos las órdenes, a mí me repugnaba someterme a las arbitrariedades de
las altas jerarquías; nunca pude inclinarme ante los jefes, me costaba mucho
seguir las instrucciones de la autoridad.
Lo mismo
me sucedía cuando debíamos hincarnos en la iglesia, realmente me repugnaba
asistir a misa, chocaban conmigo los rezos, los cánticos celestiales, los
ángeles y los santos; nunca entendí por qué adoraban a una figura llena de
sangre, cargando una cruz de madera en la que luego el reo sería clavado.
Los milagros
me desconcertaban, luego me daban repugnancia, chocaban con la lógica que la
vida me había enseñado; después descubrí en los clérigos su sexualidad
reprimida, a la que daban rienda suelta en la clandestinidad de los
orfanatorios, tras altares y confesionarios; me enteré de los frecuentes abusos
de los padres de la iglesia, fui testigo de sus constantes embates seductores,
monjes y hermanos cojeaban de la misma pata.
Los
gobernantes civiles representados por policías y solados me intimidaban, jamás
sentí apoyo o seguridad en su cercanía, los sentía hostiles y peligrosos. Me adentré en las noticias y en la historia,
ahí me di cuenta de lo rapaces y traidores que son los gobernantes con los
pueblos que dicen representar; entonces dudé de todos, me hice escéptico, negué
todo artículo de fe, la ciencia objetiva fue la única verdad que quedó
incólume.
Soy
esencialmente anti-dogmático, no creo nada hasta cerciorarme fehacientemente de
cualquier postulado, la demostración de la teoría es la única prueba de mi
convencimiento y esto siempre en relativa proporción; supe que el cambio, la
evolución y la transformación son lo único constante en este fantástico
universo.
Me he
emancipado de toda tutela gubernamental, todos los sistemas de control social
son perniciosos para la libertad individual; me resisto categórica y
radicalmente a claudicar ante el Estado; soy irreverente con sus dioses, sus
religiones y todas sus iglesias, blasfemo contra sus íconos de mármol, de yeso
o pintados en templos y capillas; algunos de sus héroes nacionales me provocan
náusea.
Desprecio
sus costumbres, sus peregrinaciones y desfiles militares, sus hábitos de masas
en estadios y canchas me tienen sin cuidado; los campeonatos y los torneos con
que marean a los públicos inermes me parecen insulsos; sus proezas y
conquistas, frívolas. No acepto sus juicios, me rebelo frente a sus hipócritas
valores, me niego a sus mandamientos, me vomito en sus palabras, soy sordo a
sus discursos.
El
hombre libre no acepta ni barrotes ni cadenas, sean de barro, acero, aluminio o de oro; nadie encima de mí,
tampoco abajo. Cumplo solo la ley que yo mismo me impongo: “No ser con los
otros como no quieres que ellos sean contigo, y ser con los demás tal como
esperas que ellos sean contigo”.
Soy
alérgico a obedecer por temor, refractario a rendirme ante la fuerza del poder,
rebelde a las convenciones autoritarias, las dictaduras de cualquier signo me
provocan aversión, en mí no tiene cabida la imposición, rechazo horarios
estrictos y calendarios extenuantes, desconozco obligaciones y jerarcas,
ninguna doctrina podrá aplastarme, rehúso
todo sometimiento.
Reniego
de las instituciones, son cárceles para
mi espíritu libre, son estructuras que estrangulan el alma, no soporto
los imperativos, no me afilio a ningún partido ni creencia alguna, para mí
todas las religiones son trampas para el libre albedrío, todos los dioses el consuelo
de los débiles, los gobiernos el infierno para los indolentes.
Las
únicas leyes que respeto son las de la naturaleza, la gravedad, la entropía,
los vasos comunicantes, la de los gases y en general todas las leyes físicas y
biológicas, a excepción la ley de la selva.
Descubrí
que soy intrínsecamente anarquista y naturalmente nihilista, por eso escapé de
la manada, me separé del redil, huí del rebaño donde quieren mantener rumiando
su desventura a los pueblos.
Me dan
envidia las águilas que remontan solitarias las alturas, que cazan cuando
tienen hambre, que cuidan sus nidos, que crían sus polluelos; soy eminentemente
zoológico, me guían los instintos naturales, pero también mi conciencia crítica
que me impide someterme a las llamadas autoridades y al gobierno.
Por eso
ando errante como Zaratustra.
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