jueves, 25 de septiembre de 2014

LA OCUPACIÓN

 LA  OCUPACIÓN

Las tropas extranjeras invasoras entraron a la capital en medio del jolgorio, el griterío, el regocijo y los aplausos de aquel entregado pueblo.

Algunos de los soldados de aquel contingente parecían haber sido reclutados de las filas autóctonas que, al igual que la muchedumbre perpleja ante el espectáculo de la ocupación, también lucía tez morena y pelo oscuro, éstos marchaban a la retaguardia uniformados y orgullosos del escudo de las estrellas y barras que distinguen al tío Sam

Los espectadores sostenían globos de colores que dejaban escapar al paso del arrogante y victorioso ejército, insuflaban espanta suegras, soplaban silbatos, sacudían maracas, lanzaban confeti y serpentinas a los invasores con la sonriente complacencia de sus jefes.

Al frente, la banda de guerra ejecutaba el himno norteamericano; eunucos, burócratas, borrachos, clérigos y traidores gritaban de alegría al sentir el arrogante taconeo de las botas militares desfilando por la gran plaza.

Cientos de trabajadores en overol limpiaban los escombros que había dejado el incesante bombardeo sufrido por la ciudad, otros regaban con mangueras de presión la sangre casi coagulada y costras embarradas en calles y banquetas, mientras enfermeros y para médicos recogían cadáveres y  tripas diseminados después de la última resistencia.

Los restos de los defensores nacionales, fueron inmolados con el desprecio que dijeron merecer los nuevos amos. Los heridos fusilados, en los hospitales solo atendían a los apedreados extranjeros, que recibían trato de héroes.

El nuevo gobierno fue escogido entre los más conspicuos admiradores del ejército invasor, entre los más fieles y sumisos ciudadanos que cooperaron con la entrega de la soberanía, a la autoridad superior anglosajona.

Se izó su bandera en el palacio nacional, tronaron los cañones en señal de respeto, los ahí presentes saludaron con lágrimas de alegría a los Generales invasores que se frotaban las manos por haber cumplido con éxito, la misión imperial  encomendada.


Muchos adherentes se frustraron al saber la negativa del imperio extranjero para admitirlos como nuevos ciudadanos, pero se conformaron con seguir siendo tan solo siervos por los siglos de los siglos.  

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