DOS CAMINOS CONVERGENTES
Cualquier
hombre de mediana conciencia y algo de cultura se percata que el crecimiento
demográfico y económico de la humanidad, está supeditado a los recursos con que
cuenta nuestro planeta.
Dichos
recursos son fijos, obedecen a leyes de equilibrio, los hay renovables, siempre
que se les permita hacerlo y los hay no renovables, es decir sometidos al
agotamiento total.
El
futuro llega sin pedir permiso, simplemente se presenta, irrumpe como
consecuencia del empuje temporal, nos alcanza y nos amenaza, nos previene y nos
advierte, sobre lo que hicimos bien o mal.
Hay
científicos como Stephen Hawking que, ante esta ecuación en la que nuestro
crecimiento llegará a un clímax irreversible, en el que los escasos recursos
naturales e indispensables para la sobrevivencia, no soporten más ni el daño ni
la depredación que nuestra civilización industrial y comercial provoca a la
Tierra; proponen ellos, como solución,
la salida al cosmos, a la conquista del espacio exterior, la invasión a los
astros más cercanos para asentar ahí, las primeras bases terrícolas.
La Luna
como una primera avanzada, para colonizar después Marte, tal vez algún satélite
de Júpiter y quizá otro de Saturno y así continuar la emigración a otros
remotos planetas que pudieran ser habitables, ya que la tierra habrá quedado
inservible.
También
existen otras corrientes de pensamiento que se conjugan en intentar salvar
nuestro primitivo hogar, estas proponen valorar la Tierra como el Edén del
Universo, donde se reunieron condiciones excepcionales y únicas, que
permitieron el desarrollo de la vida y con ésta, la vida del hombre.
Dos
caminos que convergen en conservar la especie humana, una mediante la osadía de
escapar del páramo en que estamos convirtiendo nuestro planeta y otro que
propugna rescatarlo de nuestras propias garras.
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