jueves, 25 de septiembre de 2014

EL REBAÑO NACIONAL

EL  REBAÑO  NACIONAL

Fue melancólico desde que tuvo uso de razón, cuando adolescente le prometieron que todo mejoraría cuando creciera; pero en la juventud se llenó de nostalgia, los buenos tiempos anhelados no llegaron; ya adulto se ocultó de las miradas curiosas que intentaban arrebatar sus secretos, los que no escondía, éstos los dejaba en el confesionario de la parroquia y luego cumplía la penitencia que le era impuesta.
Ocasionalmente forzado por las circunstancias, cuando acudía a reuniones o juntas, allí sufría si alguien se acercaba a sacar plática, le hacían preguntas, algunas insulsas, otras ponzoñosas, trataban de abrirlo de par en par y exponer sus intimidades al aire, que escupiera la sopa, pero no tenía ninguna.
Prefirió que lo calificaran de triste y meditabundo para que lo dejaran en paz, no quiso desenvolverse como un hombre feliz, estaba convencido que  mil tigres se le echarían encima.
Desde la infancia le habían educado en la sentencia de que, aquí se viene a padecer toda clase de infortunios ¡cuidado con ser dichoso! eso de disfrutar está estrictamente prohibido, aquí hay que sufrir en resignado silencio; pero a veces se descuidaba, entonces se arrepentía de violar aquel mensaje troquelado en su inconsciente.
Pertenecía como todos, a la manada ciega e ignorante que solo obedece los toques del cencerro y los ladridos del pastor que los guiaba al rastro, al voladero o al mercado.  
No les estaba permitido preguntar siquiera el rumbo, la ruta o el camino a seguir; tampoco elucubrar ni hacer conjeturas ni especular el destino al que conducían los pastores, a esas mansas y distraídas reces, en su cotidiano rumiar.
La duda acaba, le habían enseñado, aquel que se aparta del redil, se pierde; el que se disgrega, muere.  El libre albedrío es un atentado contra los principios morales, una violación al estado, una afrenta a la nación.
Inconformarse es ignorancia, casi un delito, protestar merece ejemplar castigo.
Se sentía preso, cautivo en la materia, atrapado en medio de moléculas de concreto y mezcla, quizá por eso prefería callar, pasar inadvertido, huía de los tumultos.
Sentía que la historia del mundo no rodaba como debería, que daba tumbos caóticos, ese rebaño al que pertenecía no era distinto de muchos otros, todos parecían sufrir el mismo síndrome,  la misma impotencia para revolucionar las cosas.
De nada había servido saber que el  “hubiera” o  el “debería” eran subjuntivos nostálgicos y sin embargo cautivantes; aunque abriera los ojos de cada miembro de aquel rebaño, encaminado al precipicio, nada podía hacerles cambiar.
El peligro está abierto, sus enormes fauces abarcan  todo lo ancho de la manada y ésta, dócil, continúa avanzando hacia el abismo. Tapar el pozo antes de precipitarse el niño ¡todavía hay tiempo, luego será demasiado tarde! se decía en sigilo.
Pero los caballerangos, los vaqueros, los pastores y los perros que arriaban aquel ganado no se equivocaban, obedecían las órdenes vociferadas por marshals, sheriffs y rangers, quien paga manda, es la ley.
Por eso él se desbalagaba, se apartaba lejos de los vigilantes ojos de los capataces y mayordomos, encargados de pastorear al pueblo.
Sin voltear la mirada, remontó las alturas, rodeo cañadas, cruzó arroyos, se adentró en bosques, penetró en desiertos y llegó al llano en llamas, ahí giró la cabeza imaginando una gran columna de desertores que le seguirían, pero no vio ni sus propias huellas, las había borrado el tiempo.        
                      




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