EL REBAÑO
NACIONAL
Fue
melancólico desde que tuvo uso de razón, cuando adolescente le prometieron que
todo mejoraría cuando creciera; pero en la juventud se llenó de nostalgia, los
buenos tiempos anhelados no llegaron; ya adulto se ocultó de las miradas
curiosas que intentaban arrebatar sus secretos, los que no escondía, éstos los
dejaba en el confesionario de la parroquia y luego cumplía la penitencia que le
era impuesta.
Ocasionalmente
forzado por las circunstancias, cuando acudía a reuniones o juntas, allí sufría
si alguien se acercaba a sacar plática, le hacían preguntas, algunas insulsas,
otras ponzoñosas, trataban de abrirlo de par en par y exponer sus intimidades
al aire, que escupiera la sopa, pero no tenía ninguna.
Prefirió
que lo calificaran de triste y meditabundo para que lo dejaran en paz, no quiso
desenvolverse como un hombre feliz, estaba convencido que mil tigres se le echarían encima.
Desde la
infancia le habían educado en la sentencia de que, aquí se viene a padecer toda
clase de infortunios ¡cuidado con ser dichoso! eso de disfrutar está
estrictamente prohibido, aquí hay que sufrir en resignado silencio; pero a
veces se descuidaba, entonces se arrepentía de violar aquel mensaje troquelado
en su inconsciente.
Pertenecía
como todos, a la manada ciega e ignorante que solo obedece los toques del
cencerro y los ladridos del pastor que los guiaba al rastro, al voladero o al
mercado.
No les
estaba permitido preguntar siquiera el rumbo, la ruta o el camino a seguir;
tampoco elucubrar ni hacer conjeturas ni especular el destino al que conducían
los pastores, a esas mansas y distraídas reces, en su cotidiano rumiar.
La duda
acaba, le habían enseñado, aquel que se aparta del redil, se pierde; el que se
disgrega, muere. El libre albedrío es un
atentado contra los principios morales, una violación al estado, una afrenta a
la nación.
Inconformarse
es ignorancia, casi un delito, protestar merece ejemplar castigo.
Se
sentía preso, cautivo en la materia, atrapado en medio de moléculas de concreto
y mezcla, quizá por eso prefería callar, pasar inadvertido, huía de los
tumultos.
Sentía
que la historia del mundo no rodaba como debería, que daba tumbos caóticos, ese
rebaño al que pertenecía no era distinto de muchos otros, todos parecían sufrir
el mismo síndrome, la misma impotencia
para revolucionar las cosas.
De nada
había servido saber que el “hubiera”
o el “debería” eran subjuntivos
nostálgicos y sin embargo cautivantes; aunque abriera los ojos de cada miembro
de aquel rebaño, encaminado al precipicio, nada podía hacerles cambiar.
El
peligro está abierto, sus enormes fauces abarcan todo lo ancho de la manada y ésta, dócil,
continúa avanzando hacia el abismo. Tapar el pozo antes de precipitarse el niño
¡todavía hay tiempo, luego será demasiado tarde! se decía en sigilo.
Pero los
caballerangos, los vaqueros, los pastores y los perros que arriaban aquel
ganado no se equivocaban, obedecían las órdenes vociferadas por marshals,
sheriffs y rangers, quien paga manda, es
la ley.
Por eso
él se desbalagaba, se apartaba lejos de los vigilantes ojos de los capataces y
mayordomos, encargados de pastorear al pueblo.
Sin
voltear la mirada, remontó las alturas, rodeo cañadas, cruzó arroyos, se
adentró en bosques, penetró en desiertos y llegó al llano en llamas, ahí giró
la cabeza imaginando una gran columna de desertores que le seguirían, pero no
vio ni sus propias huellas, las había borrado el tiempo.
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