CAPITAL Y
CORRUPCIÓN
La
sociedad moderna para funcionar de la sórdida forma en que lo hace, depende del
flujo de inversión de los capitales, tanto de los especulativos como de los
productivos; los capitales son acumulación de ahorro extraído del hombre, sea
de la fuerza laboral, del genio de los científicos, del talento de los técnicos
o de la habilidad de los administradores.
Tanto
los gobiernos como las empresas requieren de apoyo financiero para operar, por
lo que recurren a endeudarse con instituciones bancarias, primordialmente extranjeras, mismas que obedecen
a criterios trasnacionales.
Campañas
políticas que son sufragadas a través de inversiones de capital que
obligatoriamente tienen que redituar jugosos beneficios a sus fuentes, con lo
que queda en entredicho la cacareada democracia.
Instituciones,
gobiernos y particulares buscan, a toda costa, atraer inversiones de los
grandes capitales, que se frotan las manos para situarse donde se le ofrezca la
mayor rentabilidad: facilidades fiscales, ecológicas, laborales, materiales,
servicios y mercados. Tenemos así un
mundo miserable que lucha por la preferencia del depredador más astuto; pero el
capitalismo posee una ventaja sin igual, tiende a monopolizarse; en contraste,
los trabajadores tienden a la competencia entre sí, por el sustento
inmediato.
Esto
pone de manifiesto donde está la verdadera autoridad de la que emanan las
políticas, los planes, los lineamientos, las estrategias, las instrucciones y
las órdenes que los gobiernos se limitan a cumplir, sin considerar las
objeciones de sus pueblos, por los daños ecológicos ni sociales.
Las
leyes se amoldan a los deseos del capital para legitimar el abuso y la
depredación, toda inversión es bienvenida en aras del “crecimiento y desarrollo
de la economía” sin importar los efectos colaterales que en última instancia
repercutirán a largo plazo, cuando hayan
extraído hasta la última gota o gramo del recurso económicamente explotable.
Todo
está a la venta, la lealtad, la dignidad, la congruencia, el nacionalismo, la
honra, el honor; todo tiene precio, todo está en el mercado de valores
morales.
Los
partidos políticos abandonan sus principios, canjean privilegios, negocian
presupuestos, favores, perdones, candidaturas, pactos, impunidades, auditorías.
Los
consorcios interesados en invertir sus capitales en negocios antes no
permitidos por la Constitución, cabildean dentro y fuera del Congreso para
convencer a legisladores y jueces, a fin que se inclinen a su favor, con
jugosos sobornos, y éstos, alegres lo
hacen; desperdiciar una oportunidad de brincar hacia la riqueza personal; es,
en este sistema de consumo, una tontería, propia, solo de un necio, dicen.
Si no
hubiera corrupción, en ese hipotético y remoto caso, todo funcionaría bien: la
educación, la energía, las telecomunicaciones, la salud, la ecología, la agricultura,
la justicia, las leyes y la política.
Pero
cuando desde arriba, de los niveles más altos la jerarquía del poder escurre la
podredumbre, cuando la autoridad no dimana de un proceso democrático limpio y
justo ¿Qué se puede esperar?
¿Ante
quién delatar las violaciones al espíritu de la constitución? ¿Ante quien
denunciar la corrupción, los abusos de la autoridad, las injusticias
cotidianamente sufridas por los pueblos?
Los
gobernantes han dado una y otra vez pruebas de traición, de robo, de fraude, de
bajeza, de hipocresía, de cinismo, de vileza, de desprecio a la ciudadanía, de
criminalidad, de inconfiabilidad.
No
debemos cruzar los brazos y esperar con fe a que se enmienden, a que se den
cuenta del mal que, al hacerlo a su patria, también lo hacen a ellos mismos y a
sus familias, este defecto lo padecemos todos los pueblos del planeta en una
mayor o menor medida.
Cuando
los gobiernos no sirven a sus pueblos sino a intereses ajenos, deben ser modificados,
alterados y depuestos, de acuerdo al Art. 39 de nuestra Constitución Política.
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