miércoles, 21 de enero de 2015

VISIÓN DE FONDO



UNA  VISIÓN  DE  FONDO
Adaptar como Procusto, el descomunal personaje de la mitología griega, nuestra compleja realidad social a un sistema político electoral, rígido, costoso y maliciosamente diseñado, es ocioso.
Llevamos casi dos siglos forzando una realidad histórica, antropológica y cultural, a un esquema en el que ésta no cabe, no se ajusta a este modelo inadecuado para la sociedad mexicana, tan peculiar como heterogénea.
Insisten una y otra vez, en modificar las instituciones políticas electorales, cambian su nomenclatura, sus atribuciones,  sus reglas, sus ámbitos, sus jerarquías, sus poderes, sus ubicaciones, su personal y su dirigencia y el resultado vuelve a ser igual de pobre,  inoperante, ineficiente, decepcionante y corrupto.
A la realidad de la sociedad mexicana, igual que Procusto hacía con sus huéspedes, cada período electoral, se le amputan o se le descoyuntan los miembros, para ajustarla a un sistema electorero, que no cuadra con nuestra subdesarrollada sociedad.
La Etología Humana (Konrad Lorenz) está en pañales, pero podemos inferir que el mexicano esencialmente no es distinto del ucraniano, del afgano, del holandés, del canadiense, del árabe, del africano, del chino, del malayo, del inca, del centroamericano, del esquimal; todos los hombres compartimos exactamente la misma herencia genética ancestral.
El Homo Sapiens, participa casi en un 99% del mismo genoma que el chimpancé, su carga genética le impone cualidades y características muy singulares y propias para la especie a que pertenecemos todos.  Es conveniente partir del conocimiento, basado en la ciencia experimental de nuestra conducta heredada genómicamente desde hace siglos, milenios, millones de años.
Hemos estado intentando adaptarnos a una variada gama de sistemas políticos,  artificialmente diseñados para convivir en armonía, sin lograrlo.
Quizá la democracia no es apta para nosotros, ni nosotros aptos para ella, aunque a algunos les parezca una blasfemia, tal vez tenemos que empezar a hurgar etológicamente dentro de nuestra humanidad antropoide, para encontrar luces que iluminen nuestro propio conocimiento.
El aprendizaje de ese conocimiento por  una masa crítica suficiente,  puede provocar genómicamente una mutación liberadora en una o dos generaciones, con la esperanza del surgimiento de  un hombre nuevo, mejorando nuestra herencia y transmitiendo esa evolución paradigmática a nuestros sucesores, lo que facilitará lo que Ivan Illich llama La Convivencialidad.   Nuestro procustiano sistema político debe dejar de cumplir las exigencias del capital y adaptarse a los verdaderos y sorprendentes atributos del hombre,  de no hacerlo estaremos eternamente amputando o estirando a la sociedad a las arbitrarias dimensiones de la cama de Procusto.                 

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