LOS
GRILLOS
Entró
vociferando picardías y haciendo sórdidos aspavientos con ambos brazos, un
séquito de asistentes lo seguían y una corte de ayudantes le abrían paso a la
entrada del vestíbulo, avanzaba con insólita arrogancia, repartiendo algunas miradas
de consideración por si aparecía por ahí alguien de importancia, pero en
general veía con pedantería a la concurrencia que en ese momento se aglomeraba
en el hotel donde, en unos minutos más, se destaparía oficialmente al candidato,
seguía avanzando en medio de reporteros, periodistas y fotógrafos, con su
clásica petulancia.
Pasaron como
un tropel por aquel lobby que, en un momento quedó vacío; el prepotente
político había traspasado el umbral del salón principal, donde se llevaría a
cabo la reunión con el personaje ungido y futuro presidente.
No me
sorprendió ver como se inclinaba ante el candidato, ni como se transformaba su semblante, su natural altanería convertida en
sumisión me provocó asco; su obvio fingimiento era ya notorio, veía con morboso
entusiasmo al poderoso funcionario, aplaudía a rabiar como si fuese la
culminación de una obra excelsa, allí le vi como una oveja entregada
voluntariamente al sacrificio.
¡Qué manera
de arrastrarse! Se embarraba sobre el mantel, se embadurnaba de brillo para
asomarse por el ángulo que le permitiera enfocar al nuevo líder, todos se
comportaban igual, compitiendo por una mirada, lamiendo sus esperanzas, soñando
con los huesos que habrían de derivar, de aquel magno evento.
¡Qué bajo
han caído los políticos! – Comentaba un comensal independiente que - por
casualidad - ahí se encontraba.- Así se las gastan en la grilla cotidiana,
pensó; es la democracia y sus recovecos, la cargada es tradicional en este
sistema electorero, mira como extienden los cuellos, como babean, como
lambisconean; aprende, para cuando quieras aspirar a ocupar un cargo público.
Siempre han
sido así, enaltecen al fuerte y poderoso; desprecian al débil y modesto, son
las reglas de la grilla; cuando cesa el rango de la alta jerarquía o de alguna
manera se desabarranca el ungido, buscan al sustituto para rendir pleitesía,
si es que no son ellos mismos, los elegidos por la mano que mece la cuna. Son
especialistas en colarse en gabinetes y poderes, saltan como chinches de cabildos
a alcaldías, de secretarios a diputados, de senadores a jueces, de gobernadores
a embajadas, de analfabetas a presidentes.
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