jueves, 13 de diciembre de 2012



NUESTRO ANFITRIÓN

Existen falsedades incuestionables, fetiches culturales que vienen distorsionando la sensatez  a través  de una sórdida lógica; así, una aberración logra abrirse paso y obtiene no solo el beneplácito global, sino el aplauso de las mismísimas víctimas de tal necedad.

Sin excepción de sistemas, civilizaciones, culturas y religiones; todos los integrantes de los diversos pueblos que han habitado este paraíso del universo que llamamos “Tierra”, pugnan  por el crecimiento, hablan del desarrollo, aludiendo a la teoría darwinista de la evolución, sin tomar en consideración que este crecimiento indefinido e ilimitado significa la destrucción de este planeta, que es nuestro anfitrión.

Los seres humanos somos huéspedes de la Tierra, para decirlo eufemísticamente; porque en  realidad somos sus parásitos, en perspectiva de enfermarla- gravemente - con nuestro crecimiento desmedido; debemos comprender que pertenecemos a la naturaleza, la madre de todo cuanto existe en el cosmos.

La vida es una de las manifestaciones de la naturaleza,  está en vegetales, animales y seres intermedios; pero la naturaleza también se expresa como materia inanimada: minerales, masas transformándose en energía, cargas y corrientes electromagnéticas, espacios interatómicos, protones, neutrones, electrones y demás partículas subatómicas, vacíos interestelares, satélites, planetas, cometas, estrellas, galaxias y un sinfín de astros que integran el Universo.

Somos una especie que crece amenazante sobre la membrana de nuestro anfitrión, nos estamos expandiendo cada día, nuestro número aumenta exponencialmente, extraemos de las entrañas de nuestro anfitrión  la energía para seguir nuestro ilimitado ensanchamiento, nos estamos acabando  la tierra. Nuestro crecimiento es muy preocupante para el pensamiento científico-ecológico, es lesivo para la salud y el equilibrio de nuestro anfitrión.

Los científicos han  detectado que el planeta presenta síntomas alarmantes - de grave enfermedad - como el calentamiento global, la contaminación hidrológica, atmosférica, marítima y de los suelos, la reducción de la capa de ozono, la multiplicación de meteoros y otros fenómenos de alta peligrosidad; todos tienen la misma causa.

Esa causa no somos los humanos, sino nuestro  crecimiento exponencial, echamos por la borda las advertencias de Malthus, nos fuimos por la elevada productividad como solución a los problemas que plantea el crecimiento, la sobreexplotación de todos los recursos está  justificada per se, argumentaban; además las exploraciones y los viajes espaciales ofrecían esperanza para el futuro, el cosmos es muy grande y lo íbamos a conquistar  y  de ninguna manera estábamos dispuestos a abandonar o siquiera someter a un análisis concienzudo, camino distinto que no fuera el desarrollo, dentro de la globalización.

Por de faul, como una premisa sin ecua non, buscamos denodadamente el crecimiento económico, medido en PNB, lo traemos  impreso en nuestra lógica heredada de esa inercia histórica capitalista y nadie en su “sano juicio” se atrevería a dudar de sus beneficios, lo que no vaya en pos del crecimiento económico, queda automáticamente descartado.

Somos tan invasivos como el cáncer que ha hecho metástasis en el anfitrión y así como al morir el cuerpo, también mueren las células cancerosas;  nosotros acabaremos víctimas de lo que provocamos de continuar con ese anhelo irreflexivo de crecer ilimitadamente.

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